Brasil: enero rojo cierra con lucha

por Elaine Tavares, en Servindi

ALAI, 5 de febrero, 2019.- El movimiento indígena brasileño realizó durante todo el mes de enero una serie de actividades llamada “enero rojo” en la campaña “Sangre Indígena, ninguna gota más”. Todo ello en función de los ataques que los pueblos originarios vienen sufriendo por parte del gobierno que ya en el primer día del año, tan pronto tomó posesión, puso de cabeza al aire toda la estructura que cuida a los indígenas en Brasil.

Ya a finales de la tarde del día primero el Diario Oficial divulgaba una reestructuración administrativa, la cual pasaba al Ministerio de Agricultura la responsabilidad por el proceso de demarcación de tierras que hasta entonces estaba en el ámbito de la Justicia.

“Este es un ministerio que tiene compromiso con el agro negocio, y el agro negocio quiere las tierras indígenas. Entonces, es conflicto “, dice Sônia Guajajara, de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (Apib).

El gobierno también tiene planes y desestructurar a la Funai, órgano responsable de las cuestiones indígenas, y eso hace la vida de los pueblos originarios aún más complicada, dejando claro cuál es el camino que quiere: la destrucción de lo poco que aún se tiene de protección y cuidado. El gobierno – elegido con apoyo masivo de los ruralistas – también tiene el compromiso de desalojar a los indígenas de sus tierras, entregándolas a los terratenientes y transformando a los indígenas en trabajadores sin tierra, perdidos de su modo de vida.

“Los indios tienen que ser ciudadanos como cualquier brasileño”, dice el presidente, y en esa frase encierra la propuesta de sacar las tierras y dejar a los indígenas a su suerte en una integración forzada que, como ya se sabe por experiencias pasadas, sólo puede traer sufrimiento.

Los indígenas, sintiéndose atacados en los derechos que conquistaron con mucha lucha, ya en los primeros días del año comenzaron a movilizarse. Las reuniones y los actos públicos comenzaron a suceder. Al mismo tiempo, incentivados por las palabras del nuevo gobierno, “grileiros” (ladrones de tierras) y mercenarios a sueldo de los hacendados iniciaron acciones de invasión y de violencia contra diversas comunidades indígenas. Escuelas quemadas, puestos de salud destruidos, amenazas, tiros, el mismo viejo recurso del terror.

Por eso el mes de enero fue muy revuelto en varios estados brasileños, con movilizaciones y actos públicos. En el último día del mes, 31, en innumerables localidades se realizaron actividades de protesta. Cierre de carreteras, marchas, debates y actividades callejeras mostrando que las comunidades no se quedarán paralizadas ante los ataques. También se produce un intenso movimiento a nivel internacional. Los pueblos indígenas brasileños desde hace mucho tiempo sobrepasaron la fase de la tutela, ya sea por parte del estado o de organizaciones no indias. Con movimientos autónomos bien estructurados ellos se organizan y promueven sus campañas. No serán destruidos sin lucha.

La batalla ahora, con el inicio del año legislativo, será aún más intensa, pues las bancadas del buey (hacendados) y de la bala (empresas de armas) vendrán con fuerza total, aliadas aún la bancada de la biblia (neo pentecostales). El deseo de los granjeros es ampliar la frontera del agro negocio, tomando las ricas tierras indígenas. Hay propuesta de revisar tierras ya demarcadas y también de controlar ellos mismos (diputados y senadores) el proceso de reconocimiento y demarcación, lo que en la práctica significaría no demarcar más ninguna tierra. Y como si no fuera poco, con el Ministerio de Agricultura en la mano de representantes del latifundio, es más que seguro de que esa categoría quedará aún más fortalecida.

Las tierras indígenas demarcadas hoy en Brasil suman apenas el 12% del territorio nacional y la abrumadora mayoría queda en la región amazónica que, históricamente ha sido más protegida por su realidad ambiental. Siendo un espacio de selva tropical, la ocupación por el agro negocio es más difícil. Pero también existen tierras preciosas en Mato Grosso do Sul y en la región del Pantanal. Regiones como Bahía y Maranhão también tienen importantes etnias en lucha y prácticamente en cada estado brasileño tiene algún grupo batallando para garantizar su espacio de vida.

El movimiento indígena brasileño es fuerte y está preparado para enfrentar las grandes luchas que aún están por venir. Sumando un millón de personas, los indígenas son minoría en el país, pero tienen una larga tradición de resistencia. En esos tiempos oscuros los pueblos originarios necesitarán aún más la solidaridad y la comprensión histórica de su importancia por parte de los movimientos sociales del país. No habrá salida solitaria, ni para los indígenas, ni para los trabajadores.

De ahí la necesidad de unificación de las luchas y del entendimiento por parte de los no indios sobre lo que significa el territorio para los pueblos indígenas. La tierra, para las comunidades originarias, no es un espacio cualquiera que se pueda comprar o vender. Ella es morada de los dioses, de los ancestros, de los animales que sirven a la vida, de las aguas y de las gentes. Está, pues, ligada de manera visceral a la vida de cada etnia.

Este es un momento único en Brasil y debe servir para que indios y no indios comprendan la necesidad de unificar las luchas por un país capaz de presentar salidas para todos, aunque respetando la singularidad de cada fracción. Como ya apuntaba el gran sociólogo colombiano Fals Borda, nuestra América baja, tropical y andina, tiene todas las condiciones de construir un socialismo raizal (capaz de ir a la raíz), democrático, solidario, con vida plena para todos, construido desde los indios, negros y los trabajadores pobres.

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